Empezamos esta nueva sección con una canción escalofriante. Raphael, que ya nos tenía acostumbrados a cualquier cosa, nos sorprendió hace un par de décadas con este intento de guiño al mundo hebreo. Pero claro, como nuestro latin lover no tiene ni papa de su idioma, se dedicó (aunque esto no es nuevo) a inventarse palabros extraños. Sólo él podía hacerlo. Disfrutad de este video. Si os gusta, todos los lunes tendréis uno igual de espeluznante.





Fijaos en esas primeros acordes de guitarra, de cómo siguen sonando aunque Rapha (para los amigos) deje de tocarla. Mirad a la rubia y al niño despelotado, cómo ponen cara de circunstancia... Y sobretodo: Que alguien se atreva a hacer un karaoke con esta canción, porque haría las delicias del mundo del frikismo.

Un saludo!

Desapariciones (y III)


Pero sin duda, el panorama que más ha sufrido esta serie de desapariciones misteriosas ha sido el mundo de la comunicación. Hoy día todos sabemos que la televisión es una porquería, la radio es cansina, los diarios partidistas y las revistas sexistas. Pues bien, si esto es así se debe única y exclusivamente a que en momentos clave para el desarrollo del mundo mediático ha faltado un personaje clave.

Un ejemplo: cuando en 1997 los directivos de Canal 9 esperaban un nuevo programa para las noches de los martes, un programa fresco, divertido y original, tres fueron los candidatos para presentar su proyecto. No obstante, finalmente solo se presentaron dos: un chico de una productora joven que presentaba un programa donde los perros contaban sus infidelidades y otro que presentó un programa del corazón llamado Tómbola. “Puestos a elegir”, dijeron los directivos, “elegimos el del corazón, aunque no nos convencía del todo”. Después de eso los programas de tinte amarillento tomaron las parrillas de todos los canales, como todos ya sabemos. Y ahora nos preguntamos, ¿qué hubiera pasado si no hubiera desaparecido esa tercera persona, esa tercera propuesta para las noches de los martes en canal 9?

Profesor Sánchez: No sé
Amelia Vásquez: Ni idea
Joaquín Letrina: ¿qué?

Un día, en los estudios de La Ser en Madrid, alguien escuchó que un primo había oído que su yerno aseguraba que tenía una fantástica idea para un programa de radio matutino. Un programa lejano al partidismo que impregna todas las emisoras de radio del país: “Un programa para todos, pero ahora de verdad”. Nadie sabe qué programa era ese, porque nunca se llegó a proponer, ya que faltó la persona indicada para hacerlo.

¿Creen que el anuncio de “Te gusta conducir” es tan bueno como lo pintan? Quizás cambiarían de opinión si Gustavo Hermosilla hubiera aparecido por las oficinas de BMW el día del concurso para proponer su línea de comunicación. El mundo de la publicidad se hubiera tambaleado si el señor Hermosilla, que desapareció misteriosamente el día anterior a la supuesta presentación de su campaña, hubiera estado allí ese día.

Incluso, según nuestras investigaciones, la ya mítica canción del Colacao iba a ser un rap flamenco fusión si Osama Bin Torrent hubiera presentado su idea ante los responsables de comunicación de esta empresa. Pero aún hoy Osama se haya en paradero desconocido.

Han faltado a lo largo de la historia, y más concretamente en la historia de los medios y la publicidad, esas personas que podían haber hecho cambiar el rumbo de nuestros sentidos, de nuestra manera de percibir la información, de nuestra manera de persuadir… y hoy los profesionales están empezando a reaccionar ante este fenómeno.

Profesor Sánchez: Efectivamente, dado que las empresas empiezan a darse cuenta de que siempre falta alguien para tomar las decisiones más acertadas, sobretodo en el mundo de los medios y de la publicidad, están buscando a personas indicadas para atarlas a una silla y que no salgan de ahí hasta soltar prenda.

En el Centro Secreto de Captación de Talentos (el CSCT), encontramos largas colas para buscar ese talento secreto que necesita nuestra industria. Lo sorprendente es, quizás, que siendo secreto haya tanta gente presentada. Preguntamos a la gente que espera ansiosa en la cola que ya da la vuelta a la manzana del Csctttt, el Cesct, el ctttesssttt… del Centro.

Señor en la cola: ¿Qué hago aquí? Pues creo que regalan algo, pero no estoy muy seguro de qué. ¿De qué cadena son ustedes?

Señora en la cola: Yo vengo a mostrar mis dotes como cantante y bailarina. LA DONNA E MOOOBILEEEE…

Niño en la cola: Yo estoy guardando el sitio para mi padre, que se ha ido a comprar tabaco. Me ha dicho que espere aquí que ahora vuelve…

Al parecer, después de entrevistar a alguna de las personas que se amontonan en esta enorme cola, nadie parece saber exactamente por qué narices se encuentran aquí hoy, así que el jurado del Centro Secreto de Captación de Talentos, un órgano inventado por el Ministerio de Asuntos Secretos, no sabe decidir ante tan absurda concentración.

Pero finalmente, dado que ante tanta gente alguien medio válido podemos encontrar, alguien que nos haga un apaño ante el desastre universal de las desapariciones misteriosas, el jurado del CSCT, órgano del MAS, decidió elegir a (ESCRIBE AQUÍ TU NOMBRE:_________). Él/Ella es, según lo ha dictaminado el jurado popular, culpable de soborno y de extorsión, y según el jurado de la CSCT, la persona indicada para dar al triste negocio de la comunicación y la publicidad, las ideas que necesita.

Así al menos, si existen malas ideas, tendremos su cuerpo cerca para lapidarle.

Profesor Sánchez: El caso es que me suena ese nombre… ¿no será familiar del miembro del jurado (ESCRIBE AQUÍ EL NOMBRE DE UN PARIENTE:___________)? El caso es que, aunque creo que la medida tomada por el Ministerio es válida, la aparición de este personaje no creo que sea tan interesante de estudiar como la desaparición de otros personajes.El personaje escogido parece, a mi juicio, un ser despreciable y falto de toda imaginación, pero si el jurado así lo ha decretado, tendrá que estar destinado a ser un personaje clave de la historia… ¡JA!

Joaquín Letrina: Me parece una chufla todo… quiero irme a casa, coño…

Y aquí damos, pues, por terminado, este ridículo reportaje sobre las desapariciones de personajes clave en nuestra historia y la aparición de alternativas superguais a la par que improvisadas. ¿Una bonita manera de hacerse autobombo, no os parece? Bueno, si no os ha gustado, al menos estaréis contentos de que haya terminado, ¿no?

Desaparecer (II)


Volvamos a ilustrar la teoría de las desapariciones con un nuevo ejemplo. Nos encontramos en Madrid durante el mes de abril de 1941. El dictador Francisco Franco visita una escuela inaugurada en el barrio de Vallecas por la Sección Femenina. Se trataba de una visita oficial, una más del caudillo, retratada por las cámaras de los informativos cinematográficos oficiales. Ese día, después de ver las aulas, las habitaciones para las alumnas internas y los talleres de corte y confección, Francisco Franco vuelve a su despacho en el palacio de El Pardo para hablar con Andrés Lillo, un amigo íntimo del dictador. En esta entrevista, según parece, Franco confesó con lágrimas en los ojos que deseaba con todas sus fuerzas abandonar el poder y retirarse a una finca que tenía en Ferrol, su tierra natal. Allí viviría tranquilo después de batallar durante tres años en la guerra civil y tener que hacer frente del estado de hambruna y desesperación que vivía su país. No creía ya en sus ideales políticos, que eran en realidad de su queridísima esposa Carmen Polo y su cuñado, un tanto tímido, Felipe Polo, que exclamó una vez en Oviedo refiriéndose a una muchacha que acababa de conquistar: “Es una grande y… está libre”. No tenía sentido seguir en el puesto y veía necesario una vuelta de nuevo a la democracia. Pero no podía confiar en nadie excepto en su queridísimo amigo Andrés Lillo para liderar este cambio que creía pacífico y necesario. Andrés Lillo, aunque reconoció que le venía un poco mal porque acababa de abrir una tienda de boinas en su pueblo y no sabía si podría dedicarse a ambas cosas, aceptó de buena gana. Dijo Lillo que el lunes siguiente, después de la inauguración y la bendición del local, asumiría lo que él llamó, el “recao” de Franco.

Pero al salir del despacho del dictador, Andrés Lillo se introdujo en una boca de metro y nunca más se supo de él, salvo que desaparecieron de su tienda un par de boinas de color gris oscuro y otra marrón. Lo que ocurrió a partir de entonces ya todos lo sabemos: 34 años más de dictadura franquista. Y todo porque no estuvo en el lugar y el tiempo indicado este personaje clave para la historia.

Profesor Sánchez: “El caso de Andrés Lillo es paradigmático porque incluso existen fotografías en las que Franco posa entregándole un cetro a un muñeco que hacía las veces del señor Lillo, que realmente no está en la fotografía. Quizás pensaron que llegaría antes de que se cerrara el obturador, pero yo opino sinceramente que pensaron en un posible montaje fotográfico para cuando pudieran dar con este personaje”.

Pero ¿por qué desaparecen estos personajes? ¿Por qué sufrimos el hecho de saber que el mundo hoy podría ser distinto, quizás mejor, y comprobar que no es ni mucho menos así por unas circunstancias como estas? Las explicaciones de estas famosas desapariciones son muchas y procedentes de variopintas maneras de pensamiento: Desde las más racionales a las más fantásticas. Hablamos con Joaquín Letrina, líder de la organización “El vacío de la historia”, dedicada a estudiar estos fenómenos:

Joaquín Letrina: “Tronco, estas desapariciones no tienen más que una explicación posible: según nuestros cálculos, en el año 3.000.000 aproximadamente, conseguirán los hombres… o los extraterrestres que vengan aquí a vivir, turistas espaciales, no sé… conseguirán crear una máquina del tiempo para retroceder al pasado, al presente, ¿entiende? y hacer los cambios en la historia que les venga en gana. Por ejemplo, quizás sean ellos los que hayan puesto a Napoleón en el poder, ¿no lo han pensado? O a Lenin, que ahora que lo pienso… ¿no tenía su cabeza una forma extraña? Tal vez sea porque los extraterrestres… espera espera… los extraterrestres le abdujeron y…”

Estas declaraciones siguieron mucho más tiempo, pero por su contenido absurdo, producto de una intoxicación que poco después nos confesó, hemos querido recortarlo. Otras explicaciones podrían ser las siguientes:

Amelia Vásquez: “Yo no sé por qué mi abuelo desapareció. Quizás porque amaba a alguien y decidió que el amor hacia esa persona era más grande que ser famoso, ¿no? O porque simplemente abandonó todo cuanto tenía para irse lejos a vivir de una manera diferente. Porque supo de la existencia de un hermano gemelo que suplantó su identidad durante años y que ahora… espere tengo que dejarle, empieza el culebrón, disculpe.”

Profesor Sánchez: “Realmente no podemos saber la razón por la cual desaparecen personajes clave de la historia de la humanidad, pero ocurre. Yo creo, simplemente, que el azar lo mueve todo, e incluso estas desapariciones extrañas son producto de unas circunstancias verdaderamente inauditas que rebasan con creces el discernimiento humano. Aunque ahora que lo pienso... ¿me podría repetir la pregunta?”

(Seguirá continuando, si es que queréis, vamos. Que si no lo damos por finiquitado y san seacabó, ¿eh?)

Desaparecer (un poco de autobombo)


3 de enero de 1889, Shreveport, Estado de Luisiana. El trompetista John Streiford y su íntimo amigo, el pianista Phil Currson, se reúnen por primera vez en el local de ensayo de un amigo común. Ambos compartían gusto por la música clásica, la música popular judía y los bollos de chocolate con avellanas que hacía la mujer de Streiford (pero esto no viene al caso). Este día constituiría un hito en la vida de los dos músicos, ya que después de años ensayando y componiendo, habían descubierto una nueva manera de hacer música que sorprendería a los tímpanos de toda América e incluso del mundo entero. Según las fuentes consultadas, esta nueva manera de entender la música consistía en establecer un ritmo cambiante con toques “delirantes y maravillosos”, según palabras de la nieta de Currson, Amelia Vásquez.

Amelia Vásquez: “Recuerdo perfectamente cómo mi padre me contaba como su madre a su vez le decía el sonido que salía de esos instrumentos: simplemente música de ángeles. Si me preguntan cómo podría sonar esa música no sabría responderle, pero supongo que sería una mezcla entre Mozart, Puccini y Leonardo Dantés”.

Los pocos asistentes a aquel ensayo (la mujer del trompetista y amante del pianista, el dueño del local, su madre y el perro del vecino) salieron del lugar fascinados por la revolucionaria manera de tocar de estos dos músicos americanos, y todos coincidieron en instar a la pareja para que hicieran públicas sus partituras. Pocos días después Streiford y Currson visitan la radio local de Shreveport, la RBL, con la intención de presentar sus temas. El presentador de un programa de variedades llamado Howard Train, muy conocido en el mundo de las ondas, les citó para el día siguiente, el 12 de enero de 1889. Este día Shreveport, Luisiana, EEUU y el resto del mundo conocerían por fin el estilo más sorprendente desde que el hombre cogió por vez primera un tronco y empezó a atizarle con dos palos para hacer ritmos absurdos. Este día sería el primer día de la música moderna, un hito en el camino de las notas musicales…

Este día sería importante, sí, de no ser porque el 12 de enero de 1889 no apareció nadie en los estudios de la RBL para presentar su maravilloso invento. A partir de entonces nadie supo más de Streiford y Currson, nadie volvió a verles y lo que aún es peor, nadie volvió a escuchar sus composiciones. Poco después, en Nueva Orleans, aparecería otra manera de hacer música, lo que poco después se conocería como “jazz”. Y eso hizo de la música moderna lo que todos hoy conocemos y escuchamos.

El caso de la desaparición de estos dos músicos nos ilustra cómo la vida de los hombres, la de la humanidad entera, la historia universal, se ve condicionada por una serie de apariciones y desapariciones de personajes clave. Personas que podrían haber impedido algo, personas que podrían haber realizado algo, personas que podrían haber hecho que los pasos hacia el futuro que hoy conocemos como el presente, se hubieran dado hacia otra dirección. Y lo cierto es que en muchas ocasiones nos hemos encontrado con casos de desapariciones que han cambiado el rumbo de la historia. Personajes anónimos que se quedaron sólo en eso cuando podrían ser hoy sus retratos ilustraciones en libros y enciclopedias. El profesor Sánchez, de la Universidad de Polop, nos lo explica de la siguiente manera:

Profesor Sánchez: “Frente a aquellos que opinan que el destino, el devenir o… vaya usted a saber, los deseos de una divinidad caprichosa… frente a aquellos que opinan como digo que son estos los factores que hacen mover a la historia, otros opinamos que, a niveles microsociales e incluso macrosociológicos, es el azar, la casualidad y estos misterios de desapariciones los que hacen… los que dirigen… nuestros destinos. María, la leche se me ha enfriado, cámbiame la taza, ya sabes que fría no me gusta, sabe demasiado a vaca. Haz el favor de cambiarl…”

(Continuará...)

¡Nuevo diseño, señores!

Pues sí, en vez de escribiros nuevas chorradas me he dedicado (para evadirme de estudiar, todo sea dicho) a rediseñar vuestro querido blog. Mucho más cuco ahora, dónde va a parar. Si os mola el nuevo diseño, enviad un esemeese de esos con la palabra "joermachocomoteaburresperohaquedadoguaidelparaguay" al 7709, si por el contrario no te ha gustado, envía un mensaje con la palabra "martintioquehorteraeres" a tu puñetera madre.

Como veréis, este diseño es más rompedor, más innovador, más... ¿cómo decirlo? ¡Claro! con una canción. Os la dedico, amiguetes.




Pronto publicaré una nueva entrada de verdad, con dibujillo y todo. Palabrita del niño Jesús.
Y ahora... ¡a estudiar!

Tetris



Por votación popular, publico el articulillo sobre el Tetris, la clave para entender los entresijos de nuestra existencia. ¡A jugar!


Últimamente he estado pensando y creo haber llegado a una conclusión: La vida es una partida de Tetris. Sí, hay quien puede compararla con un río, o con un dado, o con esas bolitas de queso que tanto te manchan los dedos… pero no, la vida es, queridos amigos, una partida de Tetris.

Ese simple videojuego cuyo único fin es encajar fichas absurdas para ir formando líneas sin cesar guarda en su interior el sentido de la existencia. Supongo que el ruso que tuvo la famosa idea, o aún más, el americano que amablemente se la robó, habrán llegado antes que yo a esta conclusión, pero quizás sea yo el primero que la exponga. Generaciones delante de la pantalla frustrándose por no conseguir más puntos que el vecino todavía no han conseguido hallar gracias a él la mágica respuesta a los eternos interrogantes: de dónde venimos, a dónde vamos y otras infinitas preguntas… Este juego, al menos, puede responder a un par de ellas. Quizás el resto de respuestas las tengan un par de telepredicadores, vendedores de enciclopedias o incluso alguna religión, pero al menos el Tetris es capaz de sintetizar, o eso creo, todo el espíritu de la existencia humana.

La vida es pues, insistimos, una gran partida de Tetris. El objetivo es bien sencillo: encajar fichas. Cada una es de su padre y de su madre, van llegando de “arriba” sin ningún sentido aparente y de las cuales, como mucho, podemos llegar a adivinar la inmediatamente posterior a la que manejamos. Así que no valen planes: la vida, como partida de Tetris que es, es un continuo improvisar sobre una marcha de ritmo variable. De vez en cuando tendremos la premonición, o la esperanza, o vaya usted a saber qué, de que llegue a nuestras vidas una ficha determinada, y a tal efecto guardamos un perfecto espacio en nuestra construcción vital, espacio que en muchas ocasiones tendremos que rellenar con una ficha parecida a la esperada, pero no la deseada. Algunos llaman a esta acción de reservar espacio “esperanza”, otros pueden incluso llamarla “fe”, pero realmente no se sabe bien qué puede ser. El caso es que, como decimos, en muchas ocasiones tendremos que utilizar una ficha que no encaje del todo en nuestro espacio, pero que igualmente puede hacernos un apaño.

Como hemos dicho un poco más arriba, la vida es un improvisar en un ritmo cambiante. Al empezar todo parece fácil, pues las cosas, es decir, las fichas, van muy despacio y no nos paramos apenas a pensar dónde encajarlas, porque casi ellas mismas formarán esas líneas que más tarde iremos echando de menos. Solas van haciendo puntos, y uno, como jugador, se siente realmente realizado con este ejercicio que cree será fácil hasta el final… Pero he aquí, mis queridos amigos, el error que cometemos siempre como jugadores de este rompecabezas. Pensamos que realmente puede no haber final, o, como mucho, podemos pensar que el final lo marcaremos nosotros cuando nos venga en gana, que uno cuando quiere puede apagar el aparato y dar por finalizada la partida… pero no es del todo así. Si en un principio todo puede parecer fácil y divertido, más tarde puede ser algo angustioso y vertiginoso. Las fichas empiezan a no encajar tan bien como antes, y para colmo cada vez nos vienen más y a mayor velocidad. Nuestra cabeza debe despertar de ese letargo de los primeros niveles. Ahora las cosas no se hacen solas. Es en estos momentos cuando solemos utilizar más fichas “alternativas” en los espacios reservados, porque el ritmo del nivel que jugamos es demasiado rápido como para pararse a pensar y tener esa “fe” en la ficha ideal. Hacemos puntos, pero menos, y cada vez nos cuesta más. La construcción elaborada con las fichas que nos han ido cayendo cada vez es más alta, pero con un poco de astucia conseguiremos reducir esa presión a base de improvisar adecuadamente con este ritmo frenético al que acabaremos acostumbrándonos.

Y de hecho puede que incluso hagamos numerosas líneas que nos lleven a una situación más tranquila y segura, donde jugar de nuevo en una situación casi de segundo letargo, volviendo a creer que esta partida, que la vida, está en nuestras manos y va a durar por mucho tiempo. Hasta que de repente, una ficha que creíamos que iba a encajar, no lo hace como esperamos… se trata de un imprevisto, algo no preparado, un error que nos llevará a cometer otros igualmente brutales… Y es que en la vida, como en el Tetris, un error, por pequeño que sea, puede ser decisivo. Las piezas se van superponiendo y no podemos hacer demasiado para reparar el error cometido. De pronto nos convertimos en simples espectadores de lo que se avecina: el final de nuestra partida. Un final que no esperábamos, que ha venido cuando ya nos acostumbrábamos al mecanismo del juego. Cuando las fichas llegan hasta lo alto de la pantalla, por fin vemos las dos palabras que nos confiesan el fatídico final: “Game Over”.

Puede que este símil no sea muy acertado, pero al menos a mí me ha hecho ver que el Tetris no sólo te ayuda a meter el equipaje en el maletero o a aparcar tu automóvil, sino que te enseña que la vida, que es en definitiva una gran partida de Tetris, puede ser más larga o más corta, más o menos entretenida, podemos llegar a cumplir records, pero al final, queridos amigos, siempre acaba. Pero como siempre se ha dicho, “lo importante es participar”, y si has conseguido disfrutar de la partida, lo que haya durado es lo de menos.

El Abismo

Hola amigos. Sé que hace muuucho tiempo que no sabéis nada de este maravilloso blog. Es verdad, soy un gandul de tomo y lomo, pero no sólo eso. Además de ser un desconsiderado y un vago asqueroso soy un... pensador. Eso, un pensador. Y toooodo este tiempo que he estado sin escribir lo he dedicado a meditar (si cuela, ha colado). Así que me ha dado por pensar sobre mi vida y milagros, es decir, sobre mi vida, y he llegado a conclusiones poco esperanzadoras (en pocas palabras: glups).
Si os encontráis en una situación como esta, de verdad, contad con mi total apoyo.


Imagínate conducir por una carretera, una autopista por donde pasan infinidad de coches de todo tipo: turismos, camiones, motocicletas, furgonetas, monovolúmenes, transeúntes suicidas... de todo, vamos. Imagínate que esa carretera tiene muchos carriles, y debes escoger uno. Quizás el carril que escojas te lleve más rápido a tu destino, que por otra parte no está excesivamente claro, o quizás ese carril se llene de coches en un momento, quedando atrapado y exasperado hasta el punto de hacerte perder los estribos y dar media vuelta hacia no se sabe bien dónde. Pues bien... em... imagínate que... que no tienes carnet de conducir y que... bueno, que de repente viene un autoestopista procedente de un pueblo lejano, que se tira contra la luna de tu coche y te mete un paquete de kleenex por las narices... Imagínate que son de esos con aroma de menta y que... em... quizás eres alérgico, quién sabe, y te entra un escozor insoportable, llegando a odiar a ese autoestopista que, por otra parte, acabarías atropellando irremediablemente. ¿Lo has pillado? ¿No?

... espera, vamos a empezar de nuevo.

Ejem ejem

Dicen que la vida está hecha de fases (el símil automovilístico no era lo más adecuado, no). La vida misma, según dicen otros, es una fase más dentro de un proceso largo, incluso eterno, e incomprensible. La historia la dividimos en fases, aunque en realidad sea toda una y casi siempre la misma. Las legislaturas, por ejemplo, son fases; incluso los regímenes políticos son fases de una evolución, una involución o simplemente un cambio en la estructura social de un país que, por otra parte, será lo que sea dentro de la fase histórica en la que uno viva. Pero bueno, como decíamos: la vida se divide, no se sabe si de manera natural o para no hacernos un embolado en la cabeza, en estos estados sucesivos de un fenómeno natural o histórico (by eruditos de la RAE, siempre dando esplendor, los malditos). ¿Y qué son realmente las fases? Pues estos estados sucesivos son, para no andarnos con rodeos, algo que empieza, tiene cierta gracia, luego te harta y al final se acaba.

Cuando una nueva fase empieza, se entremezclan sentimientos diferentes pero complementarios. Por una parte existe el temor de que no se haya acertado, de que se esté en el lugar menos idóneo, que hayamos errado en nuestra elección; pero por otra hay una especie de esperanza de que todo salga bien, confianza en que se está donde se debe y se quiere y ensoñaciones de que algo aún mejor nos espera por ese camino. Empezar fases es divertido, la verdad. Lo que no mola tanto es terminarlas: Ver cómo lo conseguido hasta entonces son sólo recuerdos (si es que se recuerdan), lamentar los fallos o las carencias, dudar sobre qué hacer ahora y... sentirse en el abismo. Es ahí donde nacen las crisis.

Pues bien, yo me encuentro en plena crisis, para qué vamos a engañarnos. (¿Por eso no has escrito, por esa crisis, Martín? Efectiviguonder, además de que, como ya he matizado, me muevo menos que Steven Hopkins tratando de bailar el Chiki-Chiki). Cuando estás a punto de terminar la carrera universitaria, cuando no sabes exactamente qué hacer con tu vida, cuando vas a dejar un trabajo, una vivienda, una manera de vivir... para hacer no se sabe bien qué, la palabra incertidumbre encuentra un hueco en tu imaginario.

Pero como este es un blog simpaticón y alegre os daré un consejo para aquellos que, como yo, os encontréis en una situación de crisis: Para esos mariquitas helenos, los griegos de la sábana de hace la tira de años, la crisis era aquel preciso momento en el que un enfermo cambiaría a otro estado. Éste nuevo estado podría ser peor que el anterior, pero también podía mejorar e incluso curarse si se aplicaba la medicina como los mariquitas helenos más expertos (llamados médicos mariquitas helenos) sabían hacerlo. Todo se limita a identificar ese momento de crisis y saber manejarlo. ¿Y qué mejor medicina que tomárselo uno con tranquilidad, parsimonia y una sonrisa en la cara? Sinceramente, muchas, pero son más caras que esta.

Así que, para aquellos que habéis aguantado hasta el final este post asqueroso y ñoño decíos: ánimo, cerrad la ventanilla del coche si no queréis que el autoestopista jodío os deje la nariz hecha un cristo... Es un pseudo-consejo del tete Martín, que espera volver lo antes posible para escribir una nueva memez en este blog.