Tetris



Por votación popular, publico el articulillo sobre el Tetris, la clave para entender los entresijos de nuestra existencia. ¡A jugar!


Últimamente he estado pensando y creo haber llegado a una conclusión: La vida es una partida de Tetris. Sí, hay quien puede compararla con un río, o con un dado, o con esas bolitas de queso que tanto te manchan los dedos… pero no, la vida es, queridos amigos, una partida de Tetris.

Ese simple videojuego cuyo único fin es encajar fichas absurdas para ir formando líneas sin cesar guarda en su interior el sentido de la existencia. Supongo que el ruso que tuvo la famosa idea, o aún más, el americano que amablemente se la robó, habrán llegado antes que yo a esta conclusión, pero quizás sea yo el primero que la exponga. Generaciones delante de la pantalla frustrándose por no conseguir más puntos que el vecino todavía no han conseguido hallar gracias a él la mágica respuesta a los eternos interrogantes: de dónde venimos, a dónde vamos y otras infinitas preguntas… Este juego, al menos, puede responder a un par de ellas. Quizás el resto de respuestas las tengan un par de telepredicadores, vendedores de enciclopedias o incluso alguna religión, pero al menos el Tetris es capaz de sintetizar, o eso creo, todo el espíritu de la existencia humana.

La vida es pues, insistimos, una gran partida de Tetris. El objetivo es bien sencillo: encajar fichas. Cada una es de su padre y de su madre, van llegando de “arriba” sin ningún sentido aparente y de las cuales, como mucho, podemos llegar a adivinar la inmediatamente posterior a la que manejamos. Así que no valen planes: la vida, como partida de Tetris que es, es un continuo improvisar sobre una marcha de ritmo variable. De vez en cuando tendremos la premonición, o la esperanza, o vaya usted a saber qué, de que llegue a nuestras vidas una ficha determinada, y a tal efecto guardamos un perfecto espacio en nuestra construcción vital, espacio que en muchas ocasiones tendremos que rellenar con una ficha parecida a la esperada, pero no la deseada. Algunos llaman a esta acción de reservar espacio “esperanza”, otros pueden incluso llamarla “fe”, pero realmente no se sabe bien qué puede ser. El caso es que, como decimos, en muchas ocasiones tendremos que utilizar una ficha que no encaje del todo en nuestro espacio, pero que igualmente puede hacernos un apaño.

Como hemos dicho un poco más arriba, la vida es un improvisar en un ritmo cambiante. Al empezar todo parece fácil, pues las cosas, es decir, las fichas, van muy despacio y no nos paramos apenas a pensar dónde encajarlas, porque casi ellas mismas formarán esas líneas que más tarde iremos echando de menos. Solas van haciendo puntos, y uno, como jugador, se siente realmente realizado con este ejercicio que cree será fácil hasta el final… Pero he aquí, mis queridos amigos, el error que cometemos siempre como jugadores de este rompecabezas. Pensamos que realmente puede no haber final, o, como mucho, podemos pensar que el final lo marcaremos nosotros cuando nos venga en gana, que uno cuando quiere puede apagar el aparato y dar por finalizada la partida… pero no es del todo así. Si en un principio todo puede parecer fácil y divertido, más tarde puede ser algo angustioso y vertiginoso. Las fichas empiezan a no encajar tan bien como antes, y para colmo cada vez nos vienen más y a mayor velocidad. Nuestra cabeza debe despertar de ese letargo de los primeros niveles. Ahora las cosas no se hacen solas. Es en estos momentos cuando solemos utilizar más fichas “alternativas” en los espacios reservados, porque el ritmo del nivel que jugamos es demasiado rápido como para pararse a pensar y tener esa “fe” en la ficha ideal. Hacemos puntos, pero menos, y cada vez nos cuesta más. La construcción elaborada con las fichas que nos han ido cayendo cada vez es más alta, pero con un poco de astucia conseguiremos reducir esa presión a base de improvisar adecuadamente con este ritmo frenético al que acabaremos acostumbrándonos.

Y de hecho puede que incluso hagamos numerosas líneas que nos lleven a una situación más tranquila y segura, donde jugar de nuevo en una situación casi de segundo letargo, volviendo a creer que esta partida, que la vida, está en nuestras manos y va a durar por mucho tiempo. Hasta que de repente, una ficha que creíamos que iba a encajar, no lo hace como esperamos… se trata de un imprevisto, algo no preparado, un error que nos llevará a cometer otros igualmente brutales… Y es que en la vida, como en el Tetris, un error, por pequeño que sea, puede ser decisivo. Las piezas se van superponiendo y no podemos hacer demasiado para reparar el error cometido. De pronto nos convertimos en simples espectadores de lo que se avecina: el final de nuestra partida. Un final que no esperábamos, que ha venido cuando ya nos acostumbrábamos al mecanismo del juego. Cuando las fichas llegan hasta lo alto de la pantalla, por fin vemos las dos palabras que nos confiesan el fatídico final: “Game Over”.

Puede que este símil no sea muy acertado, pero al menos a mí me ha hecho ver que el Tetris no sólo te ayuda a meter el equipaje en el maletero o a aparcar tu automóvil, sino que te enseña que la vida, que es en definitiva una gran partida de Tetris, puede ser más larga o más corta, más o menos entretenida, podemos llegar a cumplir records, pero al final, queridos amigos, siempre acaba. Pero como siempre se ha dicho, “lo importante es participar”, y si has conseguido disfrutar de la partida, lo que haya durado es lo de menos.

El Abismo

Hola amigos. Sé que hace muuucho tiempo que no sabéis nada de este maravilloso blog. Es verdad, soy un gandul de tomo y lomo, pero no sólo eso. Además de ser un desconsiderado y un vago asqueroso soy un... pensador. Eso, un pensador. Y toooodo este tiempo que he estado sin escribir lo he dedicado a meditar (si cuela, ha colado). Así que me ha dado por pensar sobre mi vida y milagros, es decir, sobre mi vida, y he llegado a conclusiones poco esperanzadoras (en pocas palabras: glups).
Si os encontráis en una situación como esta, de verdad, contad con mi total apoyo.


Imagínate conducir por una carretera, una autopista por donde pasan infinidad de coches de todo tipo: turismos, camiones, motocicletas, furgonetas, monovolúmenes, transeúntes suicidas... de todo, vamos. Imagínate que esa carretera tiene muchos carriles, y debes escoger uno. Quizás el carril que escojas te lleve más rápido a tu destino, que por otra parte no está excesivamente claro, o quizás ese carril se llene de coches en un momento, quedando atrapado y exasperado hasta el punto de hacerte perder los estribos y dar media vuelta hacia no se sabe bien dónde. Pues bien... em... imagínate que... que no tienes carnet de conducir y que... bueno, que de repente viene un autoestopista procedente de un pueblo lejano, que se tira contra la luna de tu coche y te mete un paquete de kleenex por las narices... Imagínate que son de esos con aroma de menta y que... em... quizás eres alérgico, quién sabe, y te entra un escozor insoportable, llegando a odiar a ese autoestopista que, por otra parte, acabarías atropellando irremediablemente. ¿Lo has pillado? ¿No?

... espera, vamos a empezar de nuevo.

Ejem ejem

Dicen que la vida está hecha de fases (el símil automovilístico no era lo más adecuado, no). La vida misma, según dicen otros, es una fase más dentro de un proceso largo, incluso eterno, e incomprensible. La historia la dividimos en fases, aunque en realidad sea toda una y casi siempre la misma. Las legislaturas, por ejemplo, son fases; incluso los regímenes políticos son fases de una evolución, una involución o simplemente un cambio en la estructura social de un país que, por otra parte, será lo que sea dentro de la fase histórica en la que uno viva. Pero bueno, como decíamos: la vida se divide, no se sabe si de manera natural o para no hacernos un embolado en la cabeza, en estos estados sucesivos de un fenómeno natural o histórico (by eruditos de la RAE, siempre dando esplendor, los malditos). ¿Y qué son realmente las fases? Pues estos estados sucesivos son, para no andarnos con rodeos, algo que empieza, tiene cierta gracia, luego te harta y al final se acaba.

Cuando una nueva fase empieza, se entremezclan sentimientos diferentes pero complementarios. Por una parte existe el temor de que no se haya acertado, de que se esté en el lugar menos idóneo, que hayamos errado en nuestra elección; pero por otra hay una especie de esperanza de que todo salga bien, confianza en que se está donde se debe y se quiere y ensoñaciones de que algo aún mejor nos espera por ese camino. Empezar fases es divertido, la verdad. Lo que no mola tanto es terminarlas: Ver cómo lo conseguido hasta entonces son sólo recuerdos (si es que se recuerdan), lamentar los fallos o las carencias, dudar sobre qué hacer ahora y... sentirse en el abismo. Es ahí donde nacen las crisis.

Pues bien, yo me encuentro en plena crisis, para qué vamos a engañarnos. (¿Por eso no has escrito, por esa crisis, Martín? Efectiviguonder, además de que, como ya he matizado, me muevo menos que Steven Hopkins tratando de bailar el Chiki-Chiki). Cuando estás a punto de terminar la carrera universitaria, cuando no sabes exactamente qué hacer con tu vida, cuando vas a dejar un trabajo, una vivienda, una manera de vivir... para hacer no se sabe bien qué, la palabra incertidumbre encuentra un hueco en tu imaginario.

Pero como este es un blog simpaticón y alegre os daré un consejo para aquellos que, como yo, os encontréis en una situación de crisis: Para esos mariquitas helenos, los griegos de la sábana de hace la tira de años, la crisis era aquel preciso momento en el que un enfermo cambiaría a otro estado. Éste nuevo estado podría ser peor que el anterior, pero también podía mejorar e incluso curarse si se aplicaba la medicina como los mariquitas helenos más expertos (llamados médicos mariquitas helenos) sabían hacerlo. Todo se limita a identificar ese momento de crisis y saber manejarlo. ¿Y qué mejor medicina que tomárselo uno con tranquilidad, parsimonia y una sonrisa en la cara? Sinceramente, muchas, pero son más caras que esta.

Así que, para aquellos que habéis aguantado hasta el final este post asqueroso y ñoño decíos: ánimo, cerrad la ventanilla del coche si no queréis que el autoestopista jodío os deje la nariz hecha un cristo... Es un pseudo-consejo del tete Martín, que espera volver lo antes posible para escribir una nueva memez en este blog.

Historias de héroes contemporáneos

Jimmy O. Besso



El día 4 de abril de 1955 será recordado por muchos de los vecinos de Sanduski, Ohio, con un escalofrío. Rita Singer nos ha recordado en una entrevista que "creía que aquel día era uno de tantos, de esos en los que te levantas, desayunas, te duchas, te limpias los dientes, agarras el periódico... (sigue con la enumeración)... saludas al lechero, te rascas la pantorrilla, agarras el coche... (y continúa)...te colocas el pijama y te acuestas contando ovejitas; pero no. Sin razón aparente recuerdo el día 4 de abril de 1955 como las 24 horas en las que sentí un frío terrible en el espinazo". Y no era para menos, ya que en aquel glorioso día nació un bebé, de unos 8 kilos aproximadamente de peso, que respondería al nombre de Jimmy, aunque muchos ya desde pronta edad le llamaron "gordo" o "pedazo de grasa con ojos".

Jimmy Orson Besso, nació (muchos dicen que por error o por manías de un dios cruel y vengativo) en la pequeña granja de los Besso, donde sus padres, unos "hippies comeflores asquerosos" (según declaraciones de sus vecinos y familiares más próximos), cultivaban tomates, patatas y sardinas. Nunca supieron por qué la cosecha de sardinas fue tan mala toda la vida, aunque de tanto en tanto conseguían al regar que las plantas bailaran de una manera muy graciosa. A los pocos meses, Jimmy ya desarrolló las dos habilidades que le caracterizarían durante toda su vida: una, la de poder comer cantidades ingentes de alimentos, y la otra, la de hablar con una envidiada y prolífica verbigracia (para pedir más alimentos, se entiende). Pero si algo ha marcado la vida del pequeño Jim (pequeño en cuanto a su corta edad, también se entiende), ha sido la frustración constante en la que vivía. Ya de muy joven sintió esa extraña sensación de frustración al no poder exprimir tanto como hubiera deseado las tetas de su madre. En este caso, madre e hijo compartían ese desasosiego, y por ello la señora Besso decidió contratar a alguien para que pudiera dar la lactancia que necesitaba semejante engullidor profesional. Al no encontrar a la mujer ideal a tal efecto, decidieron usar a una cerda que el matrimonio tenía en su granja, "por probar". Y funcionó. Jimmy no sólo succionó la leche de las mamas de la puerca (con perdón), sino que además aprovechó y cató un par de chuletas del animal. La cerda en cuestión no recuerda, según confesó en una entrevista posterior, cómo sucedió aquel incidente: "Solamente me acuerdo de cómo de repente Jimmy se relamía los dedos, oink".

Efectivamente, J.O. Besso siempre ha comido como una lima. En el instituto fue apodado el "agujero negro" por la capacidad de absorber todo aquello que rondaba por su órbita. De hecho, sus compañeros temían acercársele en las aulas porque, según cuenta la leyenda, alguno de ellos había desaparecido en circunstancias muy sospechosas. Por esta razón no eran muchos los que se atrevían a llamarle amigo. Solamente un par de muchachos consiguieron descubrir el dulce (por el azúcar en sangre) corazón de Jimmy. Bill, apodado "el cegato cuatro ojos capitán de los piojos", todavía recuerda a su amigo Jim como "un grandísimo amigo con cierto olor a fritanga". Otro amiguete que se hizo fue el estudiante de intercambio japonés Toru Iwatani, que años después diseñaría inspirándose en él su videojuego más popular: Pac-man, que en un primer momento se bautizó como "El increíble videojuego protagonizado por un gordo asqueroso que no para de abrir y cerrar la boca comiéndose todo lo que se le pone por delante". La empresa Namco pensó, acertadamente, que aquel primer nombre, aunque descriptivo, no atraería al público general.


Pero la historia de Jimmy va mucho más lejos. Abandonó el hogar a los 18 años, sin poder terminar sus estudios de cocina (un motivo más para inflar su frustración personal) y despidiéndose de sus padres con las siguientes palabras: "Siempre os llevaré dentro". Esta promesa no fue del todo cumplida por el bueno de Jimmy, ya que en ese momento obvió al hablar el proceso de digestión y excreción. Al dejar su hogar, Jimmy se embarcaría en una aventura que le llevaría muy lejos, más concretamente al restaurante McDonald's de las afueras de
Sanduski, donde pasó, según cuentan los por aquel entonces empleados (hoy internos en un hospital psiquiátrico), como un huracán. Fue entonces cuando Fred Savage, empresario circense, echó el ojo a nuestro protagonista y decidió ficharle para su número especial "el hombre tragaldabas". Al proponérselo a Jim, éste aceptó de buena gana y se tragó sin masticar el perro que acompañaba a Fred.

Y así vivió durante un par de años nuestro querido comelotodo, la alegría para cualquier madre, la aspiradora humana, el azote de los anoréxicos... dando la vuelta por todo el globo. Gracias al gran circo americano de Fred Savage Jim conoció países fabulosos, junto a su gastronomía (la paella española, la tortilla francesa, la ensaladilla rusa... bueno España se la conocía, desde luego). Además, durante su vida en el circo conoció al gran amor de su vida: Merceditas. Los dos solían pasear cuando no estaban en la pista y se sorprendían de lo mucho que tenían en común. Ambos, de hecho, pesaban más o menos lo mismo, aunque lamentablemente Merceditas no era capaz de hablar. "Es el único problema que tiene ser elefante", decía Fred cuando alguien le preguntaba sobre los rumores de aquel emparejamiento hecho en el cielo.

Lamentablemente, aquellos maravillosos años en el circo acabaron de una manera un tanto trágica. Cuando se instalaron durante una semana en Ankara, Jim decidió dar, como solía ser habitual en él, una vuelta por el centro de la ciudad. En ese momento, se adentró en una callejuela demasiado estrecha y quedó atrapado en ella sin posibilidad ninguna de salir. Se sentía como una ficha de tetris encajada perfectamente con aquel callejón. La frustración crecía por momentos. Entonces, un señor turco que se dedicaba a vender sables a los turistas que por ahí pasaban, tuvo la maravillosa idea de ayudar a Jim a salir de ahí con un método un tanto violento: Cortar tiras de carne del enorme cuerpo de Jimmy hasta que pudiera salir de aquel aprieto. "No sentiría nada", confiesa Abul, el hombre de la maravillosa idea "y él aceptó, aunque lamentó no tener una chocolatina a mano mientras hacía tal operación". Y, cortando tirita a tirita, Jim consiguió desatascarse de aquel lugar. Abrazó a Abul y éste le respondió: "No pasa nada, amigo gordo y maloliente, ha sido un placer ayudarte. Pero... ¿qué hago ahora con las tiras de carne que he cortado?". Una bombilla se iluminó en la cabeza de Jim. "Mételas en este pan y échale un poco de salsa de yogur". Aunque jamás pudo terminar su curso de cocina, el descubrimiento culinario que había realizado era fascinante. A partir de ese momento, no había turco que no probara la carne de Jim en pan de pita. Ya nadie temía colocarse en su órbita. Jim se sentía el centro de atención, ya que por fin alguien se le acercaba, aunque sólo fuera para cortarle tiritas de piel. Todavía, según dicen, exportan trozos de nuestro héroe J.O. Besso a todo el mundo para que desde todos los puntos del planeta degustemos la rica carne de este gran hombre que, cariñosamente, llaman Döner Kebab (La carne que da vueltas). Así que si vais a un restaurante turco, no olvidéis pedir vuestro kebab vegetal. Nunca sabremos cuánto tiempo durará la maravillosa carne de Jim Orsosn Besso, al que todavía hoy la gente recuerda con un escalofrío.



... He aquí una entrada sin sentido alguno. Perdón por los delirios propios de exámenes, pronto volveré a estar sano. Un saludo.

La pasión por los ritmitos


Año tropecientos y pico antes de Cristo (más o menos, que no me quiero pillar los dedos), un lugar de África. Un mono, casi homínido, al que llamaremos... Monocasihomínido, por ejemplo; está sentado en una piedra. El tipo está pensando en qué va a hacer después de copular con un miembro de su familia y de comerse los restos de alguien con quien se peleó hace unos días.

Lo cierto es que estos tíos vivían bien, ¿eh?

El caso es que Monocasihomínido, que mira al infinito con una expresión producto de la concentración y el estreñimiento (esa dieta suya no sienta bien a nadie), empieza sin razón aparente a mover el pie izquierdo golpeando la tierra. Lo hace una, dos, tres veces... De pronto abre los ojos sorprendido y descubre que el sonidito ese que produce su pezuña le gusta, le hace moverse. Agarra entonces un palo y empieza a golpearlo contra el suelo, contra los troncos, contra sus allegados... luego comienza a gritar, a saltar... el crack de Monocasihomínido acababa de inventar el ritmo, él solito y sin dar clases ni nada. Y parecía tonto el primate. Poco después, otro mono casi homínido pero muy bestia, al que llamaremos Brian (por qué no), viene enfurecido porque Monocasihomínido le ha despertado de su siesta (actividad que seguramente le ocupaba un 50% de su tiempo... hay que aprender de esta gente) y le golpea con fuerza repetidas veces hasta crear un nuevo ritmo. Señores, la primera banda de música ha nacido.

Y han pasado los años y la cosa de la música ha ido evolucionando, no tanto como los monoscasihomínidos, pero evolucionando como ha podido. Y transcurridos tantos siglos, todavía damos de vez en cuando unos golpecillos, produciendo ese "toctototoc-toc", para que alguien, no importa de quién se trate ni dónde esté, nos responda con un "toc-toc", y después nos miramos y sonreímos con esa cara de bobalicones como diciendo... "si tío, me mola tu rollo".

Lo cierto es que, si no fuera porque nos dio un día por usar la boca para hablar, hoy todavía nos comunicaríamos con esos ruiditos que producimos, ¿verdad? Bueno, así pienso yo... bueno, así debo pensar con tal de poder escribir una chorrada más en este vuestro estimadísimo blog (mola vivir en este país de fantasía).

Pero no, amigos, hoy nos comunicamos con esto del Internet, o con mensajes de texto, o con el fax... o no nos comunicamos, que es una opción que muchos escogen. Y lo peor es que nos hemos olvidado de lo primordial, de lo simple, de nuestros inicios... Se ha vuelto algo extraño eso de ir haciendo ruidos de forma rítmica. Y claro, luego la gente normal va a un concierto e intenta seguir el compás de una canción y cada uno va a su bola, porque han perdido ese instinto primordial que descubrió nuestro amigo Monocasihomínido. Menos mal que al menos todavía hay quien se emociona al escuchar un tema de Sinatra, o bailando una canción funky, o incluso meneando la cabeza a ritmo de Judas Priest, yo que sé... Hemos avanzado o, mejor dicho, hemos cambiado de cueva; pero ahí está escondida, no se sabe bien por qué, esa necesidad de escuchar algo que nos conmueva. Cómo mola la música, leches.

Así que, chicos, chicas, plantas, minerales y seres indefinidos, no os olvidéis nunca de, estéis donde estéis, dar de vez en cuando unas palmitas o tararear algo, que si no fuera por la banda sonora de nuestras vidas estaríamos todavía en la piedra pensando en qué hacer después de copular con un miembro de nuestra familia (puaj).

¡Disfrutad!, os lo dice el tete Martín (al que no deberíais hacer mucho caso, por otra parte)




Estas bonitas fechas...

Enero: Se han acabado las navidades, las fiestas, el turrón; vuelves al curro, los exámenes están a la vuelta de la esquina (esta frase, además, es repetida sin cesar por las madres de todos los estudiantes)... Hemos vuelto a la rutina. En una palabra: Argh.

En vez de describíroslo, os mostraré con un vídeo de youtube cómo me siento (y supongo todos nosotros) cuando me levanto por las mañanas en este mes tan estupendo:






Pues eso: ¡Gudmornin a todos!

PD: Tranquilos, no creo que abuse mucho del youtube en este blog. Pero ya se sabe, con tal de evadirse de estudiar... se hace cualquier cosa.

Excusas...

Después de bastante tiempo sin escribir en este maravilloso e ignorado blog, estrenamos (yo y mis múltiples personalidades, un ole por la esquizofrenia) el año 2008 con un tema que nos viene al pelo... las excusas. Y es que si no fuera porque también evoca a aquel sitio donde depositamos nuestras digestiones e indigestiones, he de confesar que no me importaría que me llamaran el excusado.

Así que empezamos el año con este útil listado de excusas con las que podéis evadiros de hacer aquello que realmente no os sale de vuestra parte favorita del cuerpo hacer.

Ejem ejem, dos puntos

1.- No pude ir porque...:
    • ... el despertador no sonó como siempre. Te lo juro, normalmente suena "ring ring" y hoy sonó "tiro tiro", así que ante tal anomalía me convencí de que el timbre que sonaba en mi propia mesita de noche era el de cualquier otra persona.
    • ... la puerta de casa había cambiado de lugar misteriosamente. Después de chocar veintitrés veces contra la pared me di cuenta de que la salida estaba treinta centímetros más a la izquierda. Para cuando me percaté de ello ya era demasiado tarde.
    • ... de repente recibí la llamada de alguien que respondía al nombre de Yaveh, que me ordenaba no sé qué tontería en su nombre. Yo, ateo convencido, tuve que discutir durante toda la tarde con él sobre su propia inexistencia. Después de hacerlo me dolía tanto la cabeza que me quedé en la cama. Lo siento.
    • ... yo fui donde quedamos, fuiste tú quien faltó y te odio por ello.
2.- En serio, señor profesor, yo lo hice, sólo que...
    • ... un peligroso grupo de terroristas me amenazó con liquidar a toda una familia de lagartijas si hacía público mi trabajo. No sé si usted es consciente del amor que les profeso a esos animalejos (quizás sea por nuestras insalvables similitudes), pero el caso es que ante la amenaza fui débil y cedí.
    • ... mi perro se lo comió. ¿Que ya ha oído eso antes? Entonces no debería enseñarle las fotos de mi mastín a los fogones preparando su plato de "Trabajo de mi dueño al pil pil con cebolla caramelizada en un lecho de lechuguinos fritos". Cuando se lo cuente se ofenderá profundamente.
    • ... el trabajo de mi compañero, ese que siempre contesta a sus preguntas, se ríe de sus asquerosos chistes y saca matrículas de honor en todas las asignaturas es en realidad el mío. Me pegó y humilló para arrebatármelo. Le recomiendo usar la violencia de igual manera contra él.
    • ... mi impresora decidió imprimir, en lugar de lo que usted pidió, estas fotos de féminas ligeras de ropa. Si tiene que culpar a alguien, cúlpeme a mí, yo he sido quien la ha maleducado de esta manera.
3.- ¿Que por qué he tardado tanto en escribir en el blog? Pues verás...

    • ... mi mano derecha estaba demasiado ocupada metiéndome polvorones en la boca estas navidades como para ponerse a dibujar. Y yo, con la zurda, soy nulo para cualquier cosa que me proponga.
    • ... estaba demasiado ocupado respondiendo entrevistas después del sorprendente éxito de mi bitácora. Ahora que soy mundialmente famoso me cuesta rebajarme para comunicarme contigo, sucio internauta.
    • ... eran tantas las ideas que corrían por mi cabeza para escribir en el blog que todas ellas se colapsaban mutuamente haciéndome parecer retrasado mental. Durante ese tiempo me dio por ver a diario "Escenas de matrimonio".
    • ... en Alicante, donde he estado estas navidades, no tengo una conexión decente a Internet, ni tampoco escaner, así que me fue imposible... ¿que no te lo puedes creer?... Pues si quieres me invento una excusa mejor, aun siendo falsa...
Bueno... si queréis usar estas excusas alguna vez, sois libres de hacerlo. Aquí el abajo firmante no se hace responsable de las consecuencias de vuestros actos.






PD: La próxima entrada del blog será más lógica. Siento los desvaríos, pero he perdido mi medicación. Un saludo a todos.



¿Y qué va a querer de entrante?


Hola amigos lectores de mi querido y estúpido (a partes iguales) blog sobre nada en concreto.
Hoy quería haceros partícipes de una teoría que hace poco llegó a mis oídos pero que, no sé exactamente por qué, he interiorizado enseguida.

Ya se sabe que el ser humano es propenso, para explicar o justificar aquello que ocurre a su alrededor, a usar parábolas, metáforas, símiles, y etecés varios. Desde que el hombre es hombre, nuestras vidas han sido comparadas con riachuelos que van a acabar a la mar, con sueños que sueños son o incluso con los más míticos videojuegos (a ver si publico esa chorrada sobre el Tetris que escribí un día). Pues bien, hoy me toca explicaros la magnífica teoría que me contaron una vez sobre los tíos y las raciones de los bares.

Según esta teoría, acuñada por el Señor A.D.Bull a principios de siglo, los humanoides del sexo masculino se dividen en dos diferentes subespecies relacionadas con sendas raciones típicas de la gastronomía "barpeperiana": croquetas y empanadillas. El autor no concreta, quizás por déficit de alcohol en las conversaciones con él, de qué ingredientes son ni las croquetas ni las empanadillas, si son de bacalao o de jamón, de atún o cebollino... pero de momento obviaremos este insignificante detalle. La diferencia entre las croquetas y las empanadillas es que, mientras las segundas pueden comerse en cualquier momento, de una sentada y olvidarse de ellas al día siguiente, para las croquetas hay que tener el paladar más preparado. Quizás las croquetas no son demasiado sabrosas para el bocado rápido, pero a largo plazo se agradece tener ese plato de croquetas que tanto trabajo ha costado presentar encima de la mesa.

Para quien haya entendido algo de este símil, enhorabuena. Yo apenas entendí cuando me lo contaron que las tripas me pedían una jarrita de cerveza y unas tapas. Pero para que lo comprendiera un poco mejor, el maestro A.D. Bull me dijo que quienes comen las raciones son las mujeres, al parecer. En ese momento, cuando estaba a punto de pedir una de bravas al camarero, dije... "de acuerdo, las tapas son de mujeres, ponme un filetón, amigo". En vez de un filetón, A.D. Bull me propinó un guantazo y acabó entonces de contarme su teoría: "Tú, por ejemplo, eres una croqueta". "¿Me estás llamando gordo?", respondí. "No, tío, tú eres una croqueta porque eres muy poco atractivo para el corto plazo, pero si te lo curras puedes saber muy bien"... Desde ese día, a parte de dejar de ser amigo de A.D. Bull por pensar que me estaba tirando los trastos, me dí cuenta de que quizás no estaba tan equivocado ni paranoico como pensaba. Quizás el mundo se divide en croquetas y en empanadillas... tal vez ahí está la auténtica verdad sobre el sentido de nuestra existencia... o tal vez es otra teoría absurda de borrachos con hambre...

Cada cual que saque sus conclusiones. He dicho.


Por cierto, A.D. Bull, no te enfades por sacar a la luz tu fantástica teoría.